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La gran bifurcación humana


El linaje humano se separó del de otros homínidos hace entre cinco y siete millones de años. Esta evolución puede resumirse en cuatro grandes etapas, acompañadas de importantes innovaciones.


En 150 años de investigación sobre la prehistoria, ¿Qué hemos aprendido sobre nuestros orígenes? Para tomar la medida de nuestros conocimientos (y de los enigmas que quedan por resolver), proyectémonos dos siglos atrás, cuando esta ciencia dio sus primeros pasos. En aquella época, alrededor de 1820-1830, lo que se sabía sobre nuestros orígenes se podía resumir en dos palabras: casi nada.

El relato canónico que prevalecía era el de la Biblia: Adán, primer hombre, fue formado por Dios el séptimo día a partir de la arcilla. A esto le siguió una grandiosa historia de un paraíso terrenal del que los humanos habían sido expulsados tras un pecado original; luego, un asesinato fratricida en el que Caín mató a Abel, un gran diluvio y otros acontecimientos extraordinarios.

Sin embargo, en el siglo XVIII comenzó a surgir una nueva visión de los orígenes de la humanidad. En 1758, Carl von Linné propuso su clasificación de las especies. El hombre, rebautizado como Homo sapiens, apareció como una especie entre otras. Esto ya era reintroducir a los humanos en el mundo de los vivos. Al mismo tiempo, Jean-Jacques Rousseau publicó su Discurso sobre el origen de la desigualdad (1754). En él, propuso una teoría de la aparición del ser humano, del lenguaje, de la cultura y de las leyes, que no apelaba a Dios, sino a un escenario evolutivo, en el que el primer ser humano era visto como un salvaje, casi un animal, que poco a poco se iba civilizando (para su desgracia) (1).

A principios del siglo XIX, en su filosofía zoológica, el naturalista Lamarck concibió explícitamente al hombre como nacido de un «cuadrúmano» que vivía en los árboles. Su libro se publicó en 1809, el año en que nació Charles Darwin. La idea de la evolución del hombre a partir de los animales estaba, pues, bien asentada y se extendía en los círculos académicos, incluida la Iglesia (2).

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Sin embargo, en aquella época se disponía de pocos datos fiables que aportaran pruebas de esta evolución y permitieran construir un escenario alternativo y sólido a la Biblia.

Uno de los primeros en establecer una ciencia prehistórica fue el danés Christian Thomsen. En 1830 publicó una Guía de Antigüedades Escandinavas, en la que clasificaba los objetos prehistóricos en tres periodos: la «Edad de Piedra», la «Edad de Bronce» y la «Edad de Hierro». Al mismo tiempo, Jacques Boucher de Perthes, considerado en Francia como el «padre de la prehistoria», descubrió en las orillas del Somme numerosas herramientas de piedra que, según él, habían sido talladas por la mano del hombre en un periodo «antediluviano» (antes del Diluvio). No fue hasta veinte años después que el mundo académico aceptó esta idea.

¿Qué sabemos hoy de los hombres que fabricaban estas herramientas? En 1856, el descubrimiento de un fósil de un cráneo con rasgos primitivos en Neander, Alemania, añadió un elemento clave al rompecabezas. Tras intensos debates, el llamado hombre de Neandertal fue reconocido como el primer testigo de la existencia del «hombre prehistórico«.

Los descubrimientos se sucedieron, como el del cráneo de un Homo erectus por Eugène Dubois en 1871, el mismo año en que Darwin publicó su obra El origen del hombre. Se descubrió arte prehistórico (pinturas rupestres, objetos de uso). Estos descubrimientos fueron alimentados y estimulados por la teoría de la evolución, que se había impuesto en el mundo académico.

A finales del siglo XIX, la prehistoria y la arqueología se habían convertido en las ciencias más importantes. Comenzó la fiebre por encontrar restos: fósiles humanos, piedras talladas, cuevas decoradas. Se precisaron las periodizaciones (Paleolítico Medio o Superior, cultura achelense, musteriense, gravetense, madgalense, etc.). Poco a poco, las piezas del inmenso rompecabezas de nuestros orígenes van encajando…

Una historia en cuatro etapas

Dos siglos después, ¿en qué punto nos encontramos? La historia del linaje humano puede describirse en cuatro etapas principales: 1) la de los primeros homínidos (antepasados comunes de los grandes simios y del linaje humano), 2) la época de los australopitecos (con Lucy y Little Foot en particular), 3) la de los antiguos homos (Homo habilis, Homo erectus, etc.) y, por último, la del Homo sapiens y sus primos neandertales o denisovanos, con los que convivió.

1 – Los primeros homínidos

Los humanos actuales somos primos (no descendientes) de los chimpancés: compartimos un ancestro común con ellos, que vivió hace entre 5 y 7 millones de años. Los primeros fósiles cercanos a este ancestro común se encontraron en la década de 2000. Se cree que son los primeros ejemplos del linaje humano. El primero fue Orrorin tugenensis, descubierto en Kenia por el equipo dirigido por Brigitte Senut. Su fémur nos permite concluir que Orrorin ya era bípedo. Al año siguiente, en 2001, otro descubrimiento excepcional arrebató el protagonismo a Orrorin: en el desierto de Chad, el equipo del paleoantropólogo Michel Brunet descubrió el cráneo de Toumaï (Sahelanthropus tchadensis), un homínido de 7 millones de años. La gran innovación de los primeros homínidos con respecto a sus parientes, los ancestros de los grandes simios actuales, fue el bipedismo.

El linaje humano procede de un ancestro común con los grandes simios (gorila, chimpancé, orangután) que vivieron hace más de 7 millones de años. El linaje humano está marcado por el bipedismo (Toumaï y Orronin), continúa con los australopitecinos, luego con los Homo antiguos (erectus, habilis, ergaster, etc.), y finalmente con Sapiens. La evolución es densa: pasa por muchas especies que ya han desaparecido.

2 – La época de los australopitecos

Hace 5 millones de años, apareció una nueva familia de homínidos, los australopitecos. Forman una gran familia compuesta por varias especies (Australopithecus amanensis, A. africanus, A. afarensis, A. boisei, A. sediba, todas ellas encontradas en África oriental, desde Etiopía hasta Sudáfrica). La variedad anatómica de esta especie demuestra que la evolución no es lineal ni unidireccional. Dentro de la familia de los australopitecos coexisten rasgos más arcaicos y más modernos.

El australopiteco más famoso es Lucy, descubierta en 1974 en Etiopía. Lucy medía aproximadamente 1,10 m, pesaba 25 kg y estaba adaptada al bipedismo. También se sabe que Lucy murió con unos 25 años de edad y, desde 2005, un nuevo examen de su esqueleto ha demostrado que Lucy era en realidad un joven varón. Recientemente, Lucy ha sido superada por Little Foot, un australopiteco que vivió en Sudáfrica en la misma época. Es el esqueleto de australopiteco más completo jamás encontrado.

Durante mucho tiempo se supuso que los australopitecos utilizaban herramientas como los chimpancés modernos para romper nueces. Pero en 2015, Sonia Harmand y su equipo descubrieron en el sur de Kenia herramientas de piedra de 3,3 millones de años, es decir, rotas intencionadamente para obtener astillas afiladas, lo que las hace 700.000 años más antiguas que las conocidas hasta ahora.

Este descubrimiento demuestra que la fabricación de herramientas no es probablemente específica del género Homo, sino que ya existía en los australopitecos. Esto es sorprendente para un homínido cuya capacidad craneal no superaba los 500 cm3, es decir, ¡tres veces menos que el volumen cerebral de los humanos actuales!

3 – El antiguo Homo

Una de las ramas de la familia de los australopitecos dio lugar entonces al primer Homo, cuya evolución se produjo necesariamente en el este de África, donde vivían los australopitecos. El Homo habilis, que vivió hace 2,5 millones de años, fue considerado durante mucho tiempo el Homo más antiguo. Pero en marzo de 2015, el descubrimiento de un trozo de mandíbula datada en 2,8 millones de años en la región de Afar (Etiopía) hizo retroceder el nacimiento del género Homo en más de 300 000 años. Por lo tanto, el Homo habilis no fue el primer humano ni el primero en fabricar herramientas (de las que tomó su nombre).

Al igual que los australopitecos, la familia de los primeros Homo es muy diversa. Una de las razones de esta diversificación es su dispersión geográfica. El Homo salió de la cuna africana y llegó a Asia y luego a Europa diferenciándose (Homo erectus, Homo ergaster, Homo rudolfensis, Homo heidelbergensis, Homo antecessor, Homo gorgicus) (3).

Todos los Homo antiguos comparten algunas características comunes, como su volumen craneal, entre 550 y 700 cm3, sus caninos reducidos y sus incisivos desarrollados, que sugieren una dieta omnívora. No todos son pequeños, como se suele creer. El niño de Turkana, un Homo ergaster que vivió hace 1,8 millones de años, ¡ya medía 1,62 m a los 12 años cuando murió! Probablemente habría alcanzado 1,90 m de adulto.

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Los antiguos Homo fabricaban herramientas de piedra utilizando la técnica denominada Oldoway, que consistía en romper la piedra en un ángulo agudo. Hace 1,5 millones de años se produjo un salto técnico con la aparición del bifaz; de forma ovalada y cortado por ambos lados, era una herramienta sofisticada cuya fabricación presuponía habilidades de planificación (para obtener piedras adecuadas) y una representación precisa y estandarizada de la forma a alcanzar.

La invención del fuego es otro de los grandes descubrimientos que se atribuyen al Homo antiguo. Se han encontrado restos de chimeneas de 1,4 millones de años de antigüedad en África, pero no es seguro que fueran de forma intencionada. Por otro lado, estamos seguros de que el fuego se domesticó hace unos 800.000 años en Oriente Próximo. Una vez más, este dominio requería capacidades cognitivas muy desarrolladas.

En dos millones de años, el antiguo Homo evolucionó mucho. Su capacidad craneal aumentó a más de 1.000 cm3. En el Paleolítico Superior (hace unos 300.000 años), disponían de herramientas cada vez más sofisticadas que obtenían mediante el modelado (como el bifaz) o el corte de lascas (técnica «Levallois»); fabricaban lanzas, atestiguadas hace 500.000 años. Entonces apareció el Homo sapiens.

De la hominización a la humanización

Sin embargo, con el beneficio de la retrospectiva, una cosa está clara: la evolución del linaje humano, al igual que la de la mayoría de las especies, siguió un patrón más ramificado que lineal. Pero lo más sorprendente de esta evolución es la trayectoria tan diferente del linaje humano en comparación con la de nuestros primos los grandes simios (chimpancés, gorilas u orangutanes).

El proceso de hominización (con el bipedismo y la evolución del volumen craneal) fue acompañado de la «humanización» (aparición del lenguaje, las herramientas sofisticadas, los entierros y el arte). La comprensión de este proceso de humanización, es decir, la aparición de la mente humana, es objeto de nuevos escenarios y modelos. Las culturas y actividades simbólicas que se remontan en el tiempo nos llevan a repensar la dinámica de la evolución. Del mismo modo, los mecanismos que intervienen en esta evolución (selección natural, selección social, selección cultural) se están replanteando por completo.

Ciento cincuenta años después del nacimiento de la prehistoria, éste es sin duda uno de los principales retos para comprender nuestros orígenes.

NOTAS

(1) En su momento, otros filósofos, como el abate Condillac, propusieron un escenario totalmente materialista, incluso ateo, para la evolución de la humanidad.
(2) Laurent Goulven, Idées sur l'origine de l'homme en France de 1800 à 1871 entre Lamarck et Darwin, Bulletins et mémoires de la Société d'anthropologie de Paris, vol. I, n° 3-4, 1989. En línea.
(3) Homo habilis, "el hombre hábil", llamado así porque durante mucho tiempo se pensó -equivocadamente- que era el primer fabricante.

La grande bifurcation humaine se publicó en francés en diciembre del 2018 en Sciences Humaines Copyright: Sciences Humaines. Reproducida con permiso.

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